5/1/09

Una alondra tardía








Ken publica una edición bilingüe de Sermón de Navidad de R. L. Stevenson con ilustraciones de J. Balda. El Sermón es un cúmulo de consejos e indecisiones propias de su tiempo en el que brillan pasajes formidables. Arranca con la frase de Carlos II pronunciada poco antes de fallecer, tras cuatro días de dolorosa enfermedad: “Me temo, señores, que no estoy siendo razonable al tardar tanto en morir.”

Stevenson ensaya un vericueto de apelaciones al bien común, a la humildad o al cristianismo social sin conseguir un hilo definitivo. Sin embargo hay un párrafo que puede servir como centro del discurso:

"Así pues, no debemos esperar la felicidad en la vida sino sólo disfrutar de ella cuando surja. Estamos aquí para cumplir nuestro deber; no sa­bemos cómo ni por qué y tampoco necesitamos saberlo; no sabemos a qué precio y tampoco de­bemos preguntarlo. De un modo u otro, hemos de intentar ser buenos aunque no sepamos qué es la bondad; hemos de intentar llevar la felicidad a los demás aunque no sepamos de qué va a servir. Es indudable que nuestros deberes entrarán a menudo en conflicto. ¿Hasta qué punto he­mos de hacer feliz al prójimo? ¿Hasta dónde he­mos de conservar esa cara sonriente, tan fácil de ensombrecer y tan difícil de volver a iluminarse? y por otro lado, ¿estamos obligados a ser guardia­nes de nuestro hermano y profetas de nuestra propia moralidad? ¿Hasta qué punto tiene que disgustarnos el mal?"


Cuando leí por primera vez el Sermón, me emocionó el poema final que Stevenson toma prestado de William Ernest Henley. Lo recordaba mucho más largo, como un melancólico atardecer de mediados de agosto. No sé si cabe una traducción no literal de “my wages taken” (cobrado mi salario) , una expresión que resulta difícil en estas latitudes, pero aún así, y a pesar del laberinto de estas breves páginas escritas para un periódico, el libro queda completo: desde Carlos II hasta la alondra tardía.

Una alondra tardía gorjea en el cielo tranquilo,
y desde el ocaso,
donde el Sol, concluida su diaria tarea,
se demora dichoso,
cae sobre la ciudad, gris y vieja,
un flujo luminoso y sereno,
una radiante paz.

El humo asciende
en una bruma rosa y oro.
Los pináculos brillan y varían. En el valle
las sombras se alzan. Canta aún la alondra.
Con su bendición,

el Sol se hunde y el aire oscurecido
tiembla al sentir el triunfo de la noche;
la noche, con su cortejo de estrellas
y su gran don del sueño.

¡Que así sea mi muerte!
Cumplida mi tarea al fin de la jornada,
cobrado mi salario, y en mi corazón
el canto de una alondra tardía,
dejad que me recoja en el tranquilo ocaso,
el crepúsculo espléndido y sereno,
la muerte.

5 comentarios:

  1. Anónimo6/1/09

    Under the wide and starry sky,
    Dig the grave and let me lie.
    Glad did I live and gladly die,
    And I laid me down with a will.


    This be the verse you grave for me:
    Here he lies where he longed to be;
    Home is the sailor, home from the sea,
    And the hunter home from the hill.

    Robert Louis Stevenson

    Saludos,

    Mercedes

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  2. Curioso6/1/09

    Fino final de Navidad.
    Como ya nos tienes habituados...
    Feliz año passy y que nos sigamos leyendo.
    Saludos curiosos.

    P.D. He tenido algunos problemas para publicar este comentario en tu ¿renovado? blog.

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  3. Querida Mercedes:

    Leí en algún sitio que esto versos son el epitafio de Stevenson. Me gusta ese volver después de un trabajo rudo. Volver a ningún sitio. La tierra como casa. La muerte.

    Estimado Curioso:

    Cambié el sistema de publicación de comentarios. Me pareció que esta forma
    resulta más sencilla tanto para escribir como para leer. Espero que puedas acostumbrarte.De todas formas si resulta incómodo, toda sugerencia será bienvenida.

    Salud y ganas de leer.

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  4. Anónimo10/1/09

    Señor de Passy:

    no deje de ver

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  5. Estimado Anónimo:

    Gracias. Hablaré con mi contable.

    Saludos,

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