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5/8/13

Passy - Saigón en vuelo de reconocimiento

“Saigón se parece un poco a Passy, pero con todas las casas llenas de balaustradas  Luis XIII y columnas maravillosas (…) O te gusta Saigón o no te gusta, igual que pasa con Vichy. Aquí y allá se oye el sonido de un piano, como en las ciudades de provincias”. Cochincina Léon Werth.

Lo cita Estrella de Diego en  Contra el mapa (Siruela). Una rápida visión del mundo, el arte y el poder a través de la cartografía.

La cita  da una idea muy romántica de las colonias pero De Diego la trae aquí para hablar de la crudeza del proyecto colonial.

He encontrado una reseña del libro de Werth: (...) relata su viaje en 1925 y provocó un escándalo cuando apareció en 1926. El sadismo colonial vivía sus últimos años"y Werth  lo describe sin concesiones y comparte, no siempre entre líneas, su indignación y repulsión.  “He escrito todo lo que he visto y cuando me he indignado, he hecho un esfuerzo por contar estrictamente los hechos”.

Saint-Exupéry le dedicó años después El principito:

"A Léon Werth
Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una buena excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío.Y verdaderamente necesita mucho consuelo. Si todas estas razones no fueran suficientes, querría dedicar este libro al niño que en otro tiempo fue esta persona mayor. Todas las personas mayores han sido niños . (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, entonces, mi dedicatoria:
A LÉON WERTH, cuando era pequeño".

De Diego habla también de Saint-Exupéry a propósito de una nueva forma de ver  mirar: “Observar el mundo en los vuelos de reconocimiento, volando bajo, es una especie novísima de placer estético que nada tiene que ver con los viejos placeres contemplativos. Es un modo de forzar a la mirada a reconocer las cosas hechas fragmentos en marcha, nunca detenidas y por eso, qué paradoja, sin cesar estáticas. Desde el aire la realidad adquiere una apariencia renovada: no valen las viejas formas de ver, hay que a aprender a mirar de nuevo”.

Y así, uno va dándole vueltas al mundo, yendo y viniendo con las andanzas y los libros de otros, como si fuera posible entender algo o al menos vislumbrarlo.

21/12/12

Rue de l'Annonciation
















Al oeste, un poco más allá de la estación de Passy, está la rue de l'Annonciation. La calle es un puro barrio: hay un mercadillo los domingos y el párroco de Notre Dame de la Grâce recibe a los feligreses en la escalera de la iglesia. Cien metros más arriba y en la misma acera, hay una tasca en cuya terraza sirven unas riquísimas ostras “de profondeur” a precio más que razonable. Regadas con una botella de Muscadet y en buena compañía, hacen que el frío desaparezca de inmediato. De vuelta, justo frente a la iglesia, está la panadería. Hay cola para comprar bollos y a las chicas que preparan la masa no les gusta que les fotografíen. Diremos pues que esto es un autorretrato sobre vasija de acero inoxidable.


8/12/12

Un tigre llorando junto al puente Bir Hakeim


















De nuevo camino de Passy. Una mirada hacia atrás después de cruzar Bir Hakeim, el puente menos chic de París, ahora además, en obras. El metro circula sobre las cabezas de los escasos peatones que pasean en domingo o que se acercan a la estación donde empezó todo esto. Justo debajo, en el 18 de la avenida del Presidente Kennedy, en el restaurante Aux trois Nagas sirven un delicioso “tigre qui pleure”. No es el mejor de los sitios, caro y mal decorado, sus ventanales, dan sin embargo a las escaleras del puente y a sus muros almohadillados. La cena –si no se toman precauciones- puede convertirse en un dulcísimo ejercicio de melancolía.

Más Bir Hakeim, más y más. Aún te diré algo más, porque no hay otro lugar como este.

1/12/11

Le Tabac de Passy


















En Passy nada ha cambiado, excepto lo fundamental. Los conos contrapuestos del Tabac han sido sustituidos por una especie de sarcófago luminoso de los que hace tiempo proliferan por la ciudad. Una miseria. Enseguida se han echado al monte los grafiteros y lo han puesto todo perdido alrededor del anuncio. Sobre Bir Hakeim, cada tanto, pasa el metro de la línea 6, con las ventanillas iluminadas, haciendo eco a las farolas del andén central del puente.

20/9/10

No todo está perdido



Le hice caso a alguien bienintencionado y fui a ver una película que se titula Origen. Es muy mala. Es mala con avaricia. Pero no todo se perdió. En una de las escenas, el localizador tuvo el detalle de llevar a los protagonistas al puente de Passy. Se monta en la parte peatonal una zapatiesta de personas y espejos que culmina con estrépito de cristales y uno de esos despertares que tanto odia el buen aficionado a la literatura. Al menos hay un instante en el que el rincón más hermoso de París puede verse bien fotografiado: aparecen los conos contrapuestos por la base del Tabac de la esquina, las columnas de hierro fundido y, apenas, los edificios que flanquean la estación del Metro al aire libre. Entre tontería y tontería, un momento de placer. Alguien ha tenido la humorada de hacer un bucle con un segundo de esta escena. Algunos estamos como cabras; otros, como chotas.

27/6/10

Inteligencia artificial

En la boca del túnel más largo de Passy hay un hombre sentado pidiendo limosna. Le ilumina el sol oblicuo de la tarde. Hay una diagonal de luz que se quiebra en la entrada del subterráneo. El hombre espera a que el embotellamiento deje frente a él la ventanilla de un coche para acercar su vaso de plástico al conductor. Como en un bodegón español, el vaso blanco refulge delante de la oscuridad. Casi se aprecian desde lejos las hendiduras horizontales y paralelas cerca de la base. Preparo la cámara de fotos. Falta aún unos metros. Hay un ritmo de luces de freno que preceden a mi taxi. Luz, vaso, sombra y vuelta a empezar.

El año pasado por estas fechas, tomé una foto de un mendigo en Madrid. Sobre el porqué, ya hablaremos otro día. Estaba dormido encima de  un banco, tapado con las hojas de un periódico. Mientras me demoraba buscando un buen ángulo, un colega del hombre que dormía, salió de un bar y se vino hacia mí. Cómo tienes la poca vergüenza, creo que gritó, mientras seguía avanzando a grandes zancadas. Algo dije acerca del valor de las imágenes mientras me retiraba. Resultó más o menos convincente, incluso para mí aunque ha pasado un año y no he publicado la imagen.

El taxi avanza. Se acerca el momento de apretar el disparador. No debo hacerlo cuando esté frente al hombre. No hay motivo para soliviantar a nadie: ni a él ni al taxista. Así que haré una fotografía oblicua en la que el sujeto sea parte del paisaje. La cámara se comporta con mayor respeto que su dueño. Ha tomado como referencia el marco de la puerta del coche. Todo el foco es para unas líneas paralelas que recorren la parte derecha de la imagen. El resto queda bajo la influencia de la falta de profundidad de campo. No hay objetivo que soporte semejantes distancias; La escena  se convierte en una idea. De lo particular a lo general; no se hieren sentimientos –al menos en apariencia- y la mirada, que no reconoce rasgos determinados, busca apoyo en conceptos muy distantes al de la pobreza o la oportunidad. Ya hablaremos otro día.

23/6/10

Arriba y abajo


No fue una elección deliberada. Viajar con un libro que haga referencia al destino en su doble sentido es una buena forma de  sustituir guías o querencias. Elegirlo casi al azar, añade a la cosa cierta emoción. La Ronda de noche es un abismo contado con una ligereza solo aparente.  En el trayecto hasta el hotel, el taxi circula por los túneles de Passy, el barrio en el que se desarrolla parte de la trama. La contraposición entre el embotellamiento de la tarde de viernes, abajo, en la carretera soterrada y la huida en descapotable como metáfora del siglo, me puso en paz -al menos durante un momento- con la literatura.

8/9/05

Líquenes

La visibilidad en París es hoy de 9,9 kms. Eso es todo lo que alcanzaremos a ver hoy en línea recta. No es mucho.


Para el que siempre está dispuesto a no actuar, el refugio es la vista. Mirar y luego un comentario, unas líneas. ¿Y? y nada. Pincho en hueso. Es verdad que a veces entrevemos el motivo de la representación, pero éste se vuelve las más de las veces una excusa.

Ver, ver. Permanecer impasible, ahora que la inactividad es pecado capital. Junto al puente de Bir Hakeim el metro viene y va. Se detiene ora en este lado ora en el otro, escupe y engulle viajeros y sigue su camino. En la baranda de piedra desde la que miro, hay líquines amarillos, signo –según dicen- de la buena calidad del aire. Estos deben se líquenes mutantes.
9,9 km. C’est tout. ¿Cuándo alcanzaremos a vernos la espalda?

¿Qué remedio hay para el que mira? Es que tú sabes mirar. Sí, seguro. Será un problema de constitución física. La chepa me hace mirar hacia abajo o como mucho, justo por debajo del horizonte.

Sin embargo, hay que mirar. ¿Qué hacen otros? ¿Por qué se dedican a representar? No sé qué, pero algo daría por la fe de Rothko; la que tuvo mientras dejó de pintar y se dedicó a las divagaciones acerca de lo visible y lo táctil. Fe. Ver y Creer. Santo Tomás. Santo al fin a pesar del dedo en la llaga. Es una esperanza.

16/8/05

Casi de vuelta

Al menos durante el Ramadán uno puede comer a partir de cierta hora de la noche. Quince días de abstinencia. Vuelvo al vicio, como el ludópata al bingo.

De vuelta; o casi de vuelta. Pego en la pared con la regla de madera y el viejo de al lado contesta con los nudillos. Ya había oído su televisor; no parece que use los auriculares que le regalé. Pero esto no es un signo de vida. Uno puede estar fiambre frente a una carta de ajuste, a los anuncios de cuchillos japoneses o a los aparatos para gimnasia doméstica. El vecino está vivo.


Mientras abro la maleta, escucho el contestador. No tengo una gran confianza en el género humano. Soy más del hombre-lobo para el hombre de Hobbes, que de la naturaleza russoniana de la especie; así que las acciones a título gratuito suelen sorprenderme. C. y V. -a quienes apenas conozco- me prestan quince días su apartamento en Nueva York. Ellos se van a España de vacaciones. Cierro la maleta, llamo a A.I. con la vana esperanza de que me acompañe y busco en Last Minute un vuelo para hoy.

20/2/05

Antes de Bir Hakeim

Un poco antes de llegar a la estación de Bir Hakeim entre Dupleix y Grenelle, el metro sale a la superfie y las vías describen una curva muy abierta. No es muy pronto: las diez o algo así. Viajamos en el primer vagón y la luz es muy intensa para ser invierno: entra por la cabina del conductor y a través del cristal casi opaco que nos separa del maquinista, se ve ahora la ciudad en tonos verdes. El único viajero que va sentado se refleja en el mismo cristal. No hay nadie más en el vagón. S.F., sin previo aviso, suelta las manos de la barra y comienza a imitar a Apollinaire recitando el Puente Mirabeau. Aún tiene ganas de juerga.
Dice Edmond White que la luz de París es liquida. Hoy, por lo menos, no.

30/1/05

Apollinaire y Passy

Más gente paseando por Passy: Apollinaire se da una vuelta por la avenida Colonel-Bonnet, antes llamada avenida Mercédès (¿por qué?) en "L’Arc-en-ciel" (Contes retrouvés, PrI 543)

Me gusta esta construcción dramática. El aspecto voyeur del flaneurismo de Baudelaire me trae un poco al fresco. No diré que me resulte enfermizo, pero prefiero el paisaje de la ciudad a palo seco, sin nadie merodeando por los alrededores. No estoy hecho para el espionaje amateur. El hombre del sombrero que aparece repentinamente en escena, es apenas una mancha y sirve sólo para hacer mayor la soledad de la avenida.



"L’avenue Mercédès est une des plus nouvelles voies de Passy. Elle a la forme d’un T. Une muraille la borne à l’une de ses extrémités, tandis qu’à l’autre se trouve un gouffre effrayant. Presque toujours déserte, l’avenue est la remise des rafales qui entrent et sortent en se bousculant, en sifflant lugubrement, et les rares passants qui s’égarent en cette turbulente compagnie, s’ils tiennent leur chapeau de la main gauche, font avec la droite le signe de la croix."

La avenida Mercedes es una de las más modernas vías de Passy. Tiene la forma de una T. Una muralla la cierra en uno de sus lados, mientras que en el otro se encuentra un abismo espantoso. Casi siempre desierta, la avenida es la cochera de las ráfagas de viento que entran y salen empujándose entre sí, silbando lúgubremente, y los raros paseantes que se pierden en esta turbulenta compañía, si sujetan su sombrero en la mano izquierda, hacen con la derecha la señal de la cruz.



27/1/05

Jaime de Armiñán en Passy

Incluso en sus peores momentos, Passy ha sido un lugar agradable.
Jaime de Armiñán en el artículo publicado el domingo 22.8.2004 en el Suplemento de El Mundo

Vivíamos en un piso amueblado en la Avenue Fremiet, que pese a su título era calle tranquila, ancha y corta, situada en el elegante barrio de Passy, que empieza en el Quai de Passy y termina en la Avenue de Charles Dickens. En mi calle había una carnicería, una panadería, una tienda de ultramarinos y dos cafés restaurantes. Como es lógico, el carnicero, el panadero y el patrón de la tienda de comestibles vivían del mercado negro. Al fondo de la calle abría sus puertas un club para soldados aliados, sobre todo yanquis, británicos, canadienses y australianos, que de cuando en cuando abastecían al oscuro mercado de los minoristas. Aquella zona del barrio estaba habitada especialmente por escritores, músicos, pintores, actores y bailarines, que salían más de noche que de día. La guerra reciente tenía, en cambio, una ventaja: apenas circulaban coches por el barrio de Passy y sólo se oían las sirenas de las gabarras que surcaban el Sena, el timbre de las bicicletas, las bocinas de los vélo-taxis y el motor de algún jeep del ejército americano. París estaba lleno de velociclos. El vélo era un triciclo con capota, dos asientos de mimbre y un tipo que pedaleaba furiosamente. A mí me hubiera gustado montar en vélo, pero no tenía ni figura, ni dinero, ni tampoco valor. Todo el mundo iba en bicicleta, amas de casa, dignos caballeros de cinta roja en la solapa, funcionarios del gobierno, viejas viejísimas, señoras elegantes vestidas de fiesta, menestrales y obreros. Y chicas. Yo recordaba a las de Madrid, obsesionadas por culpa de la dichosa falda, a punto de matarse con tal de no enseñar las piernas. A las chicas de París les traía sin cuidado que se les subiera la falda hasta el moño y para un jeune homme, hecho a la censura, al luto y al pecado mortal, aquello constituía un espectáculo tan colorista como insólito. Me daba sonrojo mirar a las claras, porque yo era el único que reparaba en muslos ciclistas.

26/1/05

La bahía de Passy

La estación de Passy es una especie de fondeadero. Recogida entre edificios y mirando hacia el oeste, parece una rada estrecha en mitad de París. Incluso las cupulillas de alguno de los inmuebles que rodean los andenes tienen pinta de faro. Y el tipo cuya ventana da directamente a la vías ¿qué? Estará hasta aquí de la línea 6. O tal vez no. Tal vez distinga si el viento viene de un lado o del otro dependiendo de la antelación con la que escuche la llegada del metro. ¿Puede oir el motor de las peniches en el Sena cuando sopla de poniente?