Desde Lafayette, dirección norte, casi en línea recta, llego a Montmartre en menos de media hora. Hacía veinte años que no subía las escaleras de la plaza del Tertre. Atravieso antes la plaza Pigalle. Son las siete y cuarto a.m. y las grandes discotecas, negras y rojas, como un Stendhal cochambroso, emiten un bum-bum envuelto en moqueta rancia. Dos borrachos de mediana edad se retiran lanzando gritos rancheros a favor de Sarkozy.
Conforme las calles se vuelven más empinadas, el público desaparece. Un tipo haciendo footing, provisto de ipod y mapa me adelanta mientras el efecto doppler modifica el sonido de su jadeo. Arriba, en el Tertre, hay un repartidor de cruasanes y algún camarero ha empezado a colocar las sillas para el desayuno. Me planto delante de un bar que anuncia jazz en directo y recuerdo a la familia del camarero que hace veinte años me cobró 25 francos por un café con leche. Una chica madrugadora hace fotos desde una bocacalle a la iglesia más fea del mundo. ¿A quién se le ocurriría levantar el Sacré Coeur?
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