¿Cuándo se hace presente el tiempo? El tiempo como una esfera. Hay una capa superficial sobre la esfera del tiempo que, sujeta a los polos, se desliza como una cortinilla, dejando a la vista el tiempo verdadero. Es como en los estadios modernos en los que la cubierta puede moverse dependiendo de las condiciones meteorológicas. Sin embargo ¿Qué bulle más adentro, en el interior del tiempo?
¿De donde surge el tiempo? No hay un lugar de donde nazca el tiempo. No hay un nacedero, una source de donde brote. Recuerdo un reportaje sobre la búsqueda de las fuentes del río Amarillo y la enorme alegría de los expedicionarios que, después de meses de marcha, llegan al lugar exacto del que manan sus primeras aguas. Pero aquí, no hay tal. El tiempo se asemeja más a una infinita lámina de metal bruñido que sobrevolamos con el deseo inconsciente de no llegar a tocarla jamás. Sabemos que hay en nosotros un principio y un final, pero entre ambos extremos lo mejor que puede sucedernos es vernos reflejados en ella mientras la sobrevolamos. Hay una orden, mejor dicho, una recomendación, en cuanto a esa lámina: por favor, no tocar.
Ese no tocar equivaldría posiblemente a una vida en la que nada cambia, una vida en la que el tiempo sea idéntico a sí mismo, a la manera de los primeros griegos. Y tal cosa es posible si el tiempo se desarrolla medido por sus marcas naturales: los días, las estaciones, la vida y la muerte o por ciertos acontecimientos que, aunque no sean regulares, nos den una idea de su paso. Entre esos ritmos todo resulta soportable. Más allá hay una sensación de mutua intromisión en el tiempo y de éste en nosotros; un desgaste, un sentirse limado. Cuando vi en el periódico la colocación del cierre de la presa de Itoiz, un rectángulo de decenas de toneladas que quedará para siempre sumergido en el agua, pensé de inmediato en el “todo fluye” de Heráclito; en la ficticia detención del discurrir de las cosas, simbolizado aquí por el agua que acabaría remansada, formando un conjunto artificial de momentos no resueltos. Creo que esa injerencia está bien representada por la pesada compuerta. Recordé también el tiempo que dura una obra como esta, desde que se proyecta, se anuncia y se discute hasta que se ejecuta: 30 años para hacer un “algo.” En muchos casos más de la tercera parte de la vida de una persona. Y en realidad vivimos rodeados de esos “algos.” Otros vieron levantarse murallas, catedrales, elementos que ocuparon no sólo el tiempo de quienes los construyeron sino el de quienes estuvieron cerca, de aquéllos que consciente o inconscientemente sintieron la radiación, el efecto del tiempo largo, del anti-suceso. Y este es el asunto: qué sucede cuando la recomendación del no tocar, cuando la pureza de la lámina son abolidas por una enorme dosis de temporalidad, por una repetición extraña a aquéllas para las que estábamos preparados. Tiempo ocupado, no como una sucesión de instantes sino como una masa informe apenas diferenciada por registros administrativos o periodísticos.
Cuanto más breve es nuestra relación con el tiempo, más intensa es la huella que deja en nosotros. No digamos ya en el aspecto estético. Hay una especie de éxtasis menor que se produce frente al suceso. Un apartarse del flujo de acontecimientos para fijar los sentidos y la experiencia en uno sólo, en un solo acontecimiento que deja suspendidas nuestras relaciones temporales y espaciales. También hay una derogación de las normas estéticas, pero esto es pura apariencia, porque el hecho de que la mirada elija un suceso concreto se debe a un aprendizaje, a un aprender a mirar que acarreamos desde siempre. Hay un momento en el que nos creemos autónomos y esto nos hace parecer gigantes a nuestros propios ojos. Mientras tanto, nuestros pies se hunden en el barro del tiempo impuesto y enseguida somos engullidos por el conocimiento hasta que el horizonte de la ciénaga queda justo a la altura de nuestros ojos. Durante el dulce momento de la contemplación somos estéticamente invencibles, somos únicos, somos intérpretes del mundo y aunque el suceso tiene un tiempo limitado y por lo general brevísimo, el sabor que deja tras su paso no es comparable con nada. La certeza se abre paso a través del Universo para tocarnos por más que, al cabo, percibamos lo arbitrario de la elección. Pero elegir es una trampa.
Después de muchos años preguntándome por la idea del suceso, encontré una definición de Bertrand Russell que explica la relación que cualquiera desearía tener con el tiempo: “En física, un «suceso» es cualquier cosa a que, según las antiguas nociones, pudiera atribuírsele un tiempo y un espacio. Una explosión, un relámpago, la partida de una onda luminosa desde un átomo, la llegada de una onda de luz a cualquier otro cuerpo, cualquiera de estas cosas sería un «suceso». Una teoría o serie de sucesos constituyen lo que consideramos la historia de un cuerpo; otras. el curso de una onda de luz; y así con todo lo demás. La unidad de un cuerpo es una unidad histórica; es semejante a la unidad de una melodía que se tarda en ejecutar un cierto lapso de tiempo y que no existe en su totalidad en ningún momento. Lo que existe en cualquier momento es solamente lo que llamamos un «suceso». Tal vez la palabra «suceso», como se emplea en física, no pueda identificarse por completo con la misma palabra usada en psicología; por el momento, lo que nos interesa son los «sucesos» como constituyentes de procesos físicos y no necesitamos preocuparnos acerca de los mismos en psicología. Los sucesos del mundo físico están ligados entre sí por relaciones que han conducido a formar las nociones de espacio y de tiempo. Tienen relaciones de orden, de modo que podemos decir de un suceso que está más próximo a un segundo que a un tercero. De este modo podemos llegar a la noción de «proximidad» de un suceso: ésta vendrá a estar constituida por los sucesos que están muy próximos a uno dado. Al decir que los sucesos circundantes tienen una cierta relación, queremos decir que cuanto más cercanos están entre sí los sucesos tanto más se aproximan a dicha relación, y que se aproximan a la misma sin limitación cuanto más cercanos se consideran."
Esta forma tan optimista de ver el suceso, el tiempo parcelado, es lo que en realidad nos conviene: El reflejo de los frenos del un coche sobre el pavimento mojado, una escalera mecánica por la que no sube nadie, los minutos más intensos de una nevada. Hay una fotografía de Brassaï en el que un operario transporta un cristal por las calles de París. Lo lleva sobre el hombro y el fotógrafo tiene la suerte de que en aquel cristal se refleje la ciudad. Eso es todo. Eso es el suceso. El instante. Por favor, no tocar.
Giorgio Agamben, revisando la fotografía de Daguerre El Boulevard du Temple habla también a su modo del suceso: “Soy incapaz –dice- de representarme una imagen más apropiada del Juicio Universal. La masa de los humanos -la humanidad entera- está presen¬te, pero no se ve, porque el juicio concierne a una sola persona, a una sola vida: precisamente a aquélla y no a ninguna otra. ¿De qué manera esa vida, esa persona ha sido captada, aferrada, in¬mortalizada por el ángel del Último Día, que es asimismo el ángel de la fotografía? ¡En el gesto más banal y ordinario, en el gesto de hacerse lus¬trar los zapatos! En el instante supremo, el hom¬bre, cada hombre, está unido para siempre a su gesto más ínfimo y cotidiano. Sin embargo, gra¬cias al objetivo fotográfico, ese gesto se carga del peso de una vida entera, aquella actitud irrelevan¬te, necia incluso, compendia y asume en sí el sen¬tido de toda una existencia.”
No puede pasarse por alto la similitud con el cuadro de Xavier Morrás “El limpiabotas” En ambos casos es el hombre que se deja abrillantar los zapatos el protagonista de la escena, no quien los lustra. Pero aparte de este curioso detalle, la identificación del suceso, del instante, es lo que hace que las imágenes sean tan intensas.
Con qué facilidad podemos hablar de todo esto, del suceso, de la brevedad, de la levedad. Italo Calvino ya lo anunció. Y no se equivocaba. Qué fácil resulta este ejercicio en comparación con lo contrario; con el tiempo largo, el tiempo de los barrios, los puertos o las presas. ¿Cómo se habla de esto? Sé que el refugio de cualquiera es lo dicho más arriba: el instante. Y que tal vez podamos prescindir de dar forma a este otro tiempo aplastante, sórdido y triste como el reverso de la esfera del reloj de la Villa.
Siempre hay alguien dispuesto acabar con el problema. Cioran por ejemplo, explica muy bien lo que yo no acierto a decir, para luego liquidarlo en un sólo párrafo: “A fuerza de permanecer sentados al borde de los instantes para contemplar su paso, acabamos no distinguiendo ya en ellos sino una sucesión sin contenido, tiempo que ha perdido sustancia, tiem¬po abstracto, variedad de nuestro vacío. Una vez más, y de abstracción en abstracción, merma por culpa nuestra y se disuelve en temporalidad, en sombra de sí mismo. Nos toca ahora devolverle la vida y adoptar una actitud clara, carente de am¬bigüedad para con él. ¿Cómo lograrlo, cuando inspira sentimientos irreconciliables, un paroxis¬mo de repulsión y fascinación?
Las equívocas actitudes del tiempo se dan en todos los que lo convierten en su preocupación fundamental y, dando la espalda a lo que tiene de positivo, examinan sus aspectos equívocos, la confusión que en él se da entre el ser y el no ser, su descaro y su versatilidad, sus apariencias equí¬vocas, su doble juego, su insinceridad congénita: un hipócrita a escala metafísica. Cuanto más lo examinamos, más lo asimilamos a un personaje, del que no cesamos de sospechar, al que nos gus¬taría desenmascarar y cuyos ascendientes y atractivos acabamos padeciendo. De ahí a la idolatría y la esclavitud sólo hay un paso.”
¿De donde surge el tiempo? No hay un lugar de donde nazca el tiempo. No hay un nacedero, una source de donde brote. Recuerdo un reportaje sobre la búsqueda de las fuentes del río Amarillo y la enorme alegría de los expedicionarios que, después de meses de marcha, llegan al lugar exacto del que manan sus primeras aguas. Pero aquí, no hay tal. El tiempo se asemeja más a una infinita lámina de metal bruñido que sobrevolamos con el deseo inconsciente de no llegar a tocarla jamás. Sabemos que hay en nosotros un principio y un final, pero entre ambos extremos lo mejor que puede sucedernos es vernos reflejados en ella mientras la sobrevolamos. Hay una orden, mejor dicho, una recomendación, en cuanto a esa lámina: por favor, no tocar.
Ese no tocar equivaldría posiblemente a una vida en la que nada cambia, una vida en la que el tiempo sea idéntico a sí mismo, a la manera de los primeros griegos. Y tal cosa es posible si el tiempo se desarrolla medido por sus marcas naturales: los días, las estaciones, la vida y la muerte o por ciertos acontecimientos que, aunque no sean regulares, nos den una idea de su paso. Entre esos ritmos todo resulta soportable. Más allá hay una sensación de mutua intromisión en el tiempo y de éste en nosotros; un desgaste, un sentirse limado. Cuando vi en el periódico la colocación del cierre de la presa de Itoiz, un rectángulo de decenas de toneladas que quedará para siempre sumergido en el agua, pensé de inmediato en el “todo fluye” de Heráclito; en la ficticia detención del discurrir de las cosas, simbolizado aquí por el agua que acabaría remansada, formando un conjunto artificial de momentos no resueltos. Creo que esa injerencia está bien representada por la pesada compuerta. Recordé también el tiempo que dura una obra como esta, desde que se proyecta, se anuncia y se discute hasta que se ejecuta: 30 años para hacer un “algo.” En muchos casos más de la tercera parte de la vida de una persona. Y en realidad vivimos rodeados de esos “algos.” Otros vieron levantarse murallas, catedrales, elementos que ocuparon no sólo el tiempo de quienes los construyeron sino el de quienes estuvieron cerca, de aquéllos que consciente o inconscientemente sintieron la radiación, el efecto del tiempo largo, del anti-suceso. Y este es el asunto: qué sucede cuando la recomendación del no tocar, cuando la pureza de la lámina son abolidas por una enorme dosis de temporalidad, por una repetición extraña a aquéllas para las que estábamos preparados. Tiempo ocupado, no como una sucesión de instantes sino como una masa informe apenas diferenciada por registros administrativos o periodísticos.
Cuanto más breve es nuestra relación con el tiempo, más intensa es la huella que deja en nosotros. No digamos ya en el aspecto estético. Hay una especie de éxtasis menor que se produce frente al suceso. Un apartarse del flujo de acontecimientos para fijar los sentidos y la experiencia en uno sólo, en un solo acontecimiento que deja suspendidas nuestras relaciones temporales y espaciales. También hay una derogación de las normas estéticas, pero esto es pura apariencia, porque el hecho de que la mirada elija un suceso concreto se debe a un aprendizaje, a un aprender a mirar que acarreamos desde siempre. Hay un momento en el que nos creemos autónomos y esto nos hace parecer gigantes a nuestros propios ojos. Mientras tanto, nuestros pies se hunden en el barro del tiempo impuesto y enseguida somos engullidos por el conocimiento hasta que el horizonte de la ciénaga queda justo a la altura de nuestros ojos. Durante el dulce momento de la contemplación somos estéticamente invencibles, somos únicos, somos intérpretes del mundo y aunque el suceso tiene un tiempo limitado y por lo general brevísimo, el sabor que deja tras su paso no es comparable con nada. La certeza se abre paso a través del Universo para tocarnos por más que, al cabo, percibamos lo arbitrario de la elección. Pero elegir es una trampa.
Después de muchos años preguntándome por la idea del suceso, encontré una definición de Bertrand Russell que explica la relación que cualquiera desearía tener con el tiempo: “En física, un «suceso» es cualquier cosa a que, según las antiguas nociones, pudiera atribuírsele un tiempo y un espacio. Una explosión, un relámpago, la partida de una onda luminosa desde un átomo, la llegada de una onda de luz a cualquier otro cuerpo, cualquiera de estas cosas sería un «suceso». Una teoría o serie de sucesos constituyen lo que consideramos la historia de un cuerpo; otras. el curso de una onda de luz; y así con todo lo demás. La unidad de un cuerpo es una unidad histórica; es semejante a la unidad de una melodía que se tarda en ejecutar un cierto lapso de tiempo y que no existe en su totalidad en ningún momento. Lo que existe en cualquier momento es solamente lo que llamamos un «suceso». Tal vez la palabra «suceso», como se emplea en física, no pueda identificarse por completo con la misma palabra usada en psicología; por el momento, lo que nos interesa son los «sucesos» como constituyentes de procesos físicos y no necesitamos preocuparnos acerca de los mismos en psicología. Los sucesos del mundo físico están ligados entre sí por relaciones que han conducido a formar las nociones de espacio y de tiempo. Tienen relaciones de orden, de modo que podemos decir de un suceso que está más próximo a un segundo que a un tercero. De este modo podemos llegar a la noción de «proximidad» de un suceso: ésta vendrá a estar constituida por los sucesos que están muy próximos a uno dado. Al decir que los sucesos circundantes tienen una cierta relación, queremos decir que cuanto más cercanos están entre sí los sucesos tanto más se aproximan a dicha relación, y que se aproximan a la misma sin limitación cuanto más cercanos se consideran."
Esta forma tan optimista de ver el suceso, el tiempo parcelado, es lo que en realidad nos conviene: El reflejo de los frenos del un coche sobre el pavimento mojado, una escalera mecánica por la que no sube nadie, los minutos más intensos de una nevada. Hay una fotografía de Brassaï en el que un operario transporta un cristal por las calles de París. Lo lleva sobre el hombro y el fotógrafo tiene la suerte de que en aquel cristal se refleje la ciudad. Eso es todo. Eso es el suceso. El instante. Por favor, no tocar.
Giorgio Agamben, revisando la fotografía de Daguerre El Boulevard du Temple habla también a su modo del suceso: “Soy incapaz –dice- de representarme una imagen más apropiada del Juicio Universal. La masa de los humanos -la humanidad entera- está presen¬te, pero no se ve, porque el juicio concierne a una sola persona, a una sola vida: precisamente a aquélla y no a ninguna otra. ¿De qué manera esa vida, esa persona ha sido captada, aferrada, in¬mortalizada por el ángel del Último Día, que es asimismo el ángel de la fotografía? ¡En el gesto más banal y ordinario, en el gesto de hacerse lus¬trar los zapatos! En el instante supremo, el hom¬bre, cada hombre, está unido para siempre a su gesto más ínfimo y cotidiano. Sin embargo, gra¬cias al objetivo fotográfico, ese gesto se carga del peso de una vida entera, aquella actitud irrelevan¬te, necia incluso, compendia y asume en sí el sen¬tido de toda una existencia.”
No puede pasarse por alto la similitud con el cuadro de Xavier Morrás “El limpiabotas” En ambos casos es el hombre que se deja abrillantar los zapatos el protagonista de la escena, no quien los lustra. Pero aparte de este curioso detalle, la identificación del suceso, del instante, es lo que hace que las imágenes sean tan intensas.
Con qué facilidad podemos hablar de todo esto, del suceso, de la brevedad, de la levedad. Italo Calvino ya lo anunció. Y no se equivocaba. Qué fácil resulta este ejercicio en comparación con lo contrario; con el tiempo largo, el tiempo de los barrios, los puertos o las presas. ¿Cómo se habla de esto? Sé que el refugio de cualquiera es lo dicho más arriba: el instante. Y que tal vez podamos prescindir de dar forma a este otro tiempo aplastante, sórdido y triste como el reverso de la esfera del reloj de la Villa.
Siempre hay alguien dispuesto acabar con el problema. Cioran por ejemplo, explica muy bien lo que yo no acierto a decir, para luego liquidarlo en un sólo párrafo: “A fuerza de permanecer sentados al borde de los instantes para contemplar su paso, acabamos no distinguiendo ya en ellos sino una sucesión sin contenido, tiempo que ha perdido sustancia, tiem¬po abstracto, variedad de nuestro vacío. Una vez más, y de abstracción en abstracción, merma por culpa nuestra y se disuelve en temporalidad, en sombra de sí mismo. Nos toca ahora devolverle la vida y adoptar una actitud clara, carente de am¬bigüedad para con él. ¿Cómo lograrlo, cuando inspira sentimientos irreconciliables, un paroxis¬mo de repulsión y fascinación?
Las equívocas actitudes del tiempo se dan en todos los que lo convierten en su preocupación fundamental y, dando la espalda a lo que tiene de positivo, examinan sus aspectos equívocos, la confusión que en él se da entre el ser y el no ser, su descaro y su versatilidad, sus apariencias equí¬vocas, su doble juego, su insinceridad congénita: un hipócrita a escala metafísica. Cuanto más lo examinamos, más lo asimilamos a un personaje, del que no cesamos de sospechar, al que nos gus¬taría desenmascarar y cuyos ascendientes y atractivos acabamos padeciendo. De ahí a la idolatría y la esclavitud sólo hay un paso.”
Llevado por sus reflexiones (y las de unos cuantos sesudos filósofos que le acompañan a usted en el camino) acerca del tiempo, me topo con esta forma de "matar" el tiempo o, si prefiere, de "pasar" el tiempo, que trae Trapiello en un espléndido pasaje de su último libro. Escribe a propósito de dos hermanas mayores, amigas suyas: "Pasan la mayor parte del día solas. De vez en cuando llaman a algún viejo amigo, como yo, para emplear la tarde en algo, pero por lo general esperan allí; por la mañana, a que llegue la tarde; por la tarde, a que llegue la noche, y por la noche, a que llegue el día siguiente." (La cosa en sí, p. 325)
ResponderEliminar¿Y cómo he dado con esta forma tan habitual de "matar" el tiempo? Muy sencillo: como me aburría y no tenía nada que hacer, me puse a hacer... tiempo.